
Oigo en las noticias que nuestro sistema sanitario es uno de los mejores del mundo, técnicamente hablando. Pero en lo que respecta a la atención al paciente debe estar a la cola. Ahí están las listas de espera, las citas urgentes para dentro de tres meses, el trato que recibes por parte de algunos facultativos en las visitas, en las que ni siquiera te miran ni te escuchan, y si lo hacen es para hacerte sentir el mayor pecador sobre la Tierra por estar enfermo o tienden a achacar tu dolencia a una obsesión maníaco-depresiva quitándose así el muerto de encima. No es así, afortunadamente, en todos los casos, pero ejemplos como el de una mujer tratada de gases cuando tenía un cáncer o el de Griselda Navarro, que fue diagnósticada durante todo su embarazo de gases, síndrome premenopaúsico y alergia, sin que a su doctora se le ocurriera hacerle una sola prueba de embarazo, me hacen recordar situaciones realmente absurdas que he visto a mi alrededor.
Hace tiempo disfruté de un dolor que subía desde la ingle hacia el abdomen. En un principio me trataron con pastillas para los gases (está claro que esto es la panacea de todos los males). Aquello no surtió efecto, al contrario, mi pierna derecha también empezaba a resentirse perdiendo movilidad y ante la molestia que le suponía al señor-médico verme allí todas las semanas, no se le ocurrió otra que decirme con una sonrisa despectiva que aquello era debido a algo que se me había metido en la cabecita, vamos que me lo estaba inventando. Ante aquel reto mantuve mi sangre fría y, mirándole fijamente a los ojos, le espeté que estaba claro que el dolor existía y no podía casi andar, así que si el problema estaba en mi cabeza me enviara inmediatamente al psicólogo.
Después de un duelo de miradas, se le ocurrió que a lo mejor podía ser algún dolor reflejo de la espalda. Yo no sé si sería eso o que el fisioterapeuta que me atendió tenía unas manos estupendas (entre otros atributos) y una sonrisa que te llegaba al alma, pero el caso es que aquella manía que tenía desapareció de repente para siempre jamás.
Podría contaros la odisea que pasé aquella vez que fui a hacerme una citología rutinaria y sin saber como, un señor-médico-octogenario-muy-bajito- con-parkinson apareció por allí y sin decir ni pío se sentó entre mis piernas y empezó a hurgar en mis intimidades, lanzando de vez en cuando toda serie de improperios, ya que por lo visto aquello que veía allí dentro no le gustaba nada, nada.
- ¡Vaya mierda! ¡esto está fatal! Aquí no hay quien encuentre nada, joder.
Después de unos cuantos minutos así, que a mi me parecieron eternos, le pregunté casi con sentimiento de culpabilidad:
- Perdone que le moleste, pero ¿tiene usted algún problema con mi coñito?
El buen señor ni se inmutó y siguió a lo suyo, pellizcando aquí y allá con saña.
Ante mi impotencia en aquella postura que no me permitía ninguna movilidad, mis ojos pidieron ayuda a la enfermera. Tuve suerte y se compadeció de mí, por lo que me explicó lo más escuetamente que pudo la situación:
- No se preocupe, simplemente le están haciendo una biopsia del tejido del cuello uterino y creo que le está resultando difícil encontrar el trozo que tiene que coger.
Os podéis imaginar lo que me pasó por la cabeza al oir aquella palabra soltada así, de sopetón. Yo sólo pensaba en BIOPSIA=CÁNCER. Pero ¿cómo? así sin avisar, si yo sólo pasaba por aquí de visita. Y encima aquella eminencia no hacía más que soltar quejas sobre el mal estado de "aquello". Se me revolvió todo el cuerpo de pensarlo y de ver aquel botecito que se iba llenando de trocitos de carne uterina que por lo visto no servían para nada porque no eran los adecuados.
- Perdone que le interrumpa de nuevo pero me estoy mareando y creo que voy a vomitar
Esto si que hizo mella en su ánimo, pobre.
- Señora, a quién se le ocurre venir a hacerse esto sin desayunar- sentenció moviendo la cabeza con condescendencia.
Y sin decir más, se levantó y se fue por donde había venido llevándose parte de mi cuello, dejándome allí destrozada, con las piernas en alto y la moral por los suelos.
Necesité media hora de reanimación y cuando me encontré un poquito mejor se me ocurrió comentarle a la enfermera que mi ginecóloga no me había dicho nada de esa prueba.
Inmediatamente se fue a por el volante para despejar mi duda. En cuanto vi su cara al leerlo se disiparon todos mis miedos a la vez que empezaba a aflorar una ira incontenible (creo que ya he comentado alguna vez algo de mi terrible ira), unas ganas horribles de coger todas las pincitas que había por allí y arrancarles la piel a tiras. Porque resulta que por un error de interpretación, en vez de citología habían entendido biopsia, algo perfectamente comprensible. Lo que salió por mi boca es irrepetible.
Viéndolo por el lado positivo, me podía ir tranquila por no tener ninguna lesión en mi precioso cuello uterino. Eso explicaba que aquel señor tan maleducado, cegato y con un tembleque considerable no acertase a ver ni a coger ni un solo trozo dañado.
Pero lo más surrealista que me ha ocurrido en un hospital fue una experiencia-orgiástica-sexual que tuve con tres enfermeras y mi ex-rey consorte. Pero esta historia la dejo para el siguiente post.























